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06.06.2017 Críticas  
El TNC de nuevo se viste de Shakespeare a lo grande

Cuando uno toma prestado un texto de Shakespeare sabe que adquiere una gran responsabilidad aunque a la vez (normalmente) se asegura la garantía de un éxito. Escoger una dramaturgia ya existente, famosa a lo largo de los siglos, también conlleva el cometido adicional de intentar realizar una nueva creación para sorprender al público dentro de lo posible.

En esta temporada, el Teatre Nacional de Catalunya le ha encargado el montaje de Ricard III a Xavier Albertí usando la adaptación que ha creado Lluïsa Cunillé del texto traducido por Joan Sellent. El resultado ha sido un montaje de gran formato que hace levantar al auditorio en aplausos a su finalización.

Para ello, Albertí mantiene las bases de la obra original, con los mismos personajes y el mismo hilo conductor, donde un Duc de Gloster trama su ascensión al reino a base de mentiras y asesinatos a pesar de sus deformidades físicas. Un tirano que intentará llevarse al público al bolsillo mostrándole sus tretas con exclusividad y que de esa manera se consigue granjear su simpatía.

Donde Albertí ha decidido innovar ha sido en la minimalista escenografía que ha diseñado Lluc Castells y Jose Novoa y que ha llevado a cabo el equipo técnico del TNC y la gente de Pascualin, que cuenta con solo unas cuantas piezas de mobiliario que se intercambian según escena y una especie de laberinto de cristales fijos para representar la conciencia e intenciones de las personas que siempre se acaba haciendo evidente. A medida que esa conciencia se hace más visible al propio personaje más se irá acercando al espectador. Para darle más fuerza a ese lado recóndito de los protagonistas, a lo largo de toda la obra se usará una cámara móvil que irá acompañando a algunos de los personajes entre bambalinas al interior del teatro, a sus entrañas. Por último toda la obra estará acompañada por unas infografías diseñadas en 3D y proyectadas en el fondo del escenario con una luz tenue solo para recordarnos las transformaciones que Ricard III va sufriendo a lo largo del tiempo.

El colofón de este montaje lo pone Lluís Homar, quien tiene la ardua tarea de representar a un personaje egoísta, sediento de poder, asesino a sangre fría, con un interior gélido y ambicioso y que, recordemos, sufre ciertas anomalías físicas que tienen que ser evidentes durante toda la función. Papel impecable el que Homar nos regala. Vayan los principales elogios hacia su interpretación, no solo porque él reconoce que los desea, sino porque son enteramente merecidos. Un papel, el suyo, que desde el principio tiene el cometido más importante (por algo la obra lleva su nombre), que va ‘in crescendo’ primero con su confabulación, segundo con su ejecución del poder, por último con su gran monólogo previo a su muerte. Y de más valor aún se convierte su participación, cuando algún presente interrumpe su concentración con un dispositivo móvil y provoca que este tenga que detener la interpretación para empezar de nuevo. ¡Bravo, Homar!

Pero es evidente que para que un proyecto así salga adelante y tenga su merecido éxito se requiere más que solo un buen actor. El elenco de Ricard III se ha documentado y le ha entregado su cuerpo y alma a sus personajes. Una imprescindible Carme Elias como Reina Margarida, la exiliada viuda del rey Enrique VI, quien con sus dramáticas pero desgarradoras intervenciones nos roba el corazón. Un Duc de Buckingham, quien resulta ser un monstruo de la palabra sobre el escenario como es Joel Joan. O la Lambert, que templa ambición, odio, y su papel de mujer y madre con elegante maestría.

Ricard III nos habla de la dificultad que casi siempre tenemos para nuestra aceptación y de como esa falta de propia aprobación nos duele a nosotros y le provoca gran dolor a los que nos rodean. Es también un viaje al interior de la conciencia, esa parte de nosotros mismos a la que todo el mundo tiene que, tarde o temprano, rendir cuentas y de la que nadie escapa. Shakespeare así lo escribió y este montaje así lo ha demostrado.

Definitivamente, Albertí ha sabido darle a la famosa frase shakesperiana “mi reino por un caballo” una vuelta de tuerca y ha conseguido junto con la compañía, la producción del teatro y todo el equipo artístico una obra de las que quedará en los anales de la historia del TNC por un indiscutible y merecido éxito cosechado.

Crítica realizada por Diana Limones

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