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16.05.2017 Críticas  
Joaquín Cortés, el lirismo del flamenco

Rozando la cincuentena, en el momento en los que algunos artistas comienzan su imparable declive físico, Joaquín Cortés continua en plena forma, pierna vendada de arriba abajo y dejando atrás los tiempos de pecho descubierto, como bien mostró en su estreno en el Tívoli.

En un teatro lleno hasta el gallinero la organización pareció ser la única que no llegó a tiempo al evento; diez minutos tardó en subsanar el impertinente y agudo zumbido de un altavoz que impidió el debido disfrute de los primeros compases de la función y casi media hora en enfriar un poco el ambiente caldeado por la sofocante y extraña primavera de contrastes que se vive actualmente en la capital catalana que no queriéndose perder el espectáculo entró por la puerta a la par de unos espectadores que, abanico o programa en mano, sobrevivían a duras penas al bochorno de tal horno.

Esencia es según palabras del propio bailaor un repaso a su obra, a su vida y a la ilusión de un niño que soñaba ser como su tío, Cristóbal Reyes, y que tras muchos sacrificios y horas de perfeccionamiento ha llegado a alcanzar la categoría de mito viviente.

La temática de su presentación, el hilo conductor de la narración, no he sido capaz de entenderlo, de verlo, y por lo tanto ni lo valoro ni lo pongo en valor. Creo que ese hilo, es fino muy fino, etéreo e indescifrable. No encuentro el crecimiento, el paso a la madurez, entre las danzas iniciales y las finales; hay bloques diferenciados más bien por quién los realiza y el estilo que por la realización en sí. Lo que reconozco sobremanera es el propio valor de cada uno de esos bloques, bailes o representaciones de manera individual, no como un todo, y que pese a las diferencias y a las irregularidades entre ellos destilan un resultado general más que gozoso.

Esencia comienza con el propio Joaquín calentando y estirando en uno de los palcos adyacentes al escenario. De una presentación tan interesante y explotable (que puede dar más de sí si se continúa trabajando en ella) uno espera que el respetable arranque en vítores y aplausos pero no sucedió y, como se demostró después, la respuesta a esa tibieza inicial se encuentra en las manos de los presentes, ocupadas en menesteres que tenían más que ver con la lucha contra la transpiración corporal que con la indiferencia al original arranque.

En su fusión entre el flamenco y la danza, tanto contemporánea como clásica, recordemos que Joaquín Cortés es, al contrario que otros, tan bailaor como bailarín, las piezas van apareciendo sobre el escenario y la obra se va moviendo por terrenos tan pantanosos como irregulares; dos bailarines se unen en uno solo al poco de comenzar la función en un preciosa muestra del ballet más clásico; un cante del grupo de acompañamiento en una pieza eminentemente musical por parte de un coro que no acaba de dar llegar a los tonos que se esperan de ellos; reminiscencias marineras por parte del grupo de bailarinas que se meten en la piel de sirenas líricas con una música que no llega a encajar como es debido en el conjunto de la obra. Mi sensación personal, es que el fallo, por llamarlo de algún modo, radica tanto en la elección musical como en la elección de los cantaores. No le pongo pegas al baile, ni mucho menos, se las pongo a la música y eso que hay algunas piezas estimables.

Pero como todo, las pegas terminan, y terminan en tanto en cuanto el señor Cortés, Medalla de Oro de las Bellas Artes y uno de los 10 mejores bailarines del siglo XX libra por libra, que dirían en el boxeo, asoma su sombra al escenario. He dicho asoma su sombra y no pone el pie porqué no le hace falta siquiera bailar, solo estar ahí cerca para que el espectador se dé cuenta de que a partir de ese momento viene lo serio, empieza lo bueno y todo va a cambiar.

Joaquín Cortés no está exento de críticas, famoseo aparte, los más puristas le achacan que no es bailaor, porqué no solo lo es, y que no muestra el sentimiento, el duende, parte importante del estilo musical; pero lo que otros, más flamencos, utilizan para tapar sus carencias y enmascararlas por la manida pasión, Joaquín no le hace excesos porque su técnica es tan y tan depurada y su baile es tan y tan mestizo y diferente al resto que no le hace falta.

En Esencia es salir al escenario, desaparecer la melodía y comenzar el ritmo, el musical y el zapateao, y empezar a aflorar en el corazón del público una pulsión primaria que le une de manera indivisible a lo que sucede sobre las tablas y a quién lo ejecuta. Ahí es cuando uno entiende la magia de tamaño artista, entiende porqué lo adoran y se lo rifan en el mundo entero y discrepa con el politiqueo que ignora una cultura agravada y castrada por el IVA mientras comparte su sudor, su llanto y la sangre que salpica sobre el tablao. La capacidad de remover sentimientos interiores tan arcanos y tan inherentes en el ser humano de cualquier latitud del globo terráqueo desde los tiempos en los que se vivía en el interior de las cavernas es la que hace un artista tan grande como lo es Joaquín Cortés, que algún día morirá, esperemos que dentro de muchos años, pero lo hará sobre las tablas y zapateando con una técnica, un talento, un arrojo, un orgullo y una raza sin igual.

Crítica realizada por Manel Sánchez

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