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12.05.2017 Críticas  
El escepticismo no tiene cabida

Nueva oportunidad para participar de este insólito experimento teatral que se da cita los lunes en el Barts. En esta ocasión, ha sido Bruno Oro el que ha asumido el reto de convertirse en la voz de Nassim Soleimanpour, inventor de la propuesta. White Rabbit Red Rabbit es un encuentro escénico en el que el público es un elemento clave para perpetuar la naturaleza del mismo.

Parece que el público firma un contrato no escrito que consiste en no desvelar detalle alguno sobre la función que ha tenido lugar. Sería absurdo hacerlo, teniendo en cuenta que nunca podrá ser la misma, ya que ni el intérprete ni los asistentes lo serán. Igualmente, y teniendo en cuenta que la participación es voluntaria, vamos a seguir con el juego y pasar el testigo a futuros espectadores. ¿Para qué estamos aquí sino?

¿Tiene cabida esta propuesta en el ámbito teatral? Sí. Teniendo en cuenta que, más allá del género y edad del intérprete y del autor, la esencia de la actuación debería ser tener suficiente habilidad como para ponerse en la piel del otro. Al mismo tiempo, gracias a esta cualidad artística, el público debería contagiarse de este ejercicio corpóreo e identitario. En manos de Bruno Oro, esto sucede. El actor aparca cualquier hábito o rutina adquirida en anteriores trabajos y presta su voz a este objetor de conciencia iraní que no puede salir de su país y por eso se ha inventado esta pieza.

Bruno lideró la situación con tanta espontaneidad como capacidad para incluir al público, guiándolo según las necesidades impuestas y favoreciendo que todo el mundo se sintiera cómodo. Supo adaptarse a los giros tragicómicos sin manipular el material que tenía (nunca mejor dicho) entre manos. Recogió el testigo del autor y multi-dimensionó el experimento, transmitiendo y propiciando que la reflexión sobre la sumisión voluntaria a la que todos nos habíamos sometido funcionara con precisión ante el asombro de todos los presentes, él incluido. Hasta ahí, genial.

¿Más allá del experimento sociocultural, tiene consistencia dramática lo que sucede en escena? Relativamente. Seguro que para el autor, el contenido de lo que aquí se explica es de vital importancia. No nos queda duda. Pero la relevancia dramática es, eso, relativa. Digamos que la infraestructura está muy bien tramada y que la sola existencia de White Rabbit Red Rabbit es, precisamente, el triunfo del autor. Lo que se explica, eso sí, podría ser substituido y el resultado sería el mismo. No para él, pero sí para nosotros. Con un maestro de ceremonias como Bruno Oro, nada de esto pareció importarnos demasiado a ninguno de los que abarrotamos la sala y nos dejamos llevar por el talento del intérprete para conversar tanto con el autor como con el público. Mediador y protagonista a la vez.

Finalmente, se podría intentar argumentar hasta qué punto todo el asunto es genuino o no. Nos quedó claro que Oro no tenía más directriz que seguir el texto que se le entregó en mano en el escenario. ¿De verdad nadie sabía nada de lo que iba a pasar? ¿Ni siquiera el técnico de la sala? Quién sabe. Tampoco es importante. El escepticismo no tiene cabida en esta propuesta. Lo más recomendable es dejar los prejuicios a un lado y confiar ciegamente en el intérprete que tenemos ante nosotros, igual que él lo hace en el autor.

Crítica realizada por Fernando Solla

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