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10.05.2017 Ópera  
Un Wagner introspectivo (y épico)

Sorprendente puesta en escena la que nos proponen el Gran Teatre del Liceu y Philipp Stölzl. L’holandès errant, que se presenta estos días, nos invita a reflexionar sobre el peligroso juego de escapismo que puede proporcionar la lectura. La búsqueda incesante de sentido sobre la vida y el amor del que, quizá, sea el Wagner más autobiográfico.

Tanto el director escénico como el escenógrafo Conrad Moritz Reinhardt trasladan toda la propuesta al interior. Al interior de la imaginación de Senta, que lee incansable la leyenda titular y en esta propuesta asumirá un protagonismo omnipresente ya que todo se filtrará a través de sus impresiones. Resultaba muy arriesgada esta decisión, ya que la épica que se presupone a la aventura pasa también a ser intrínseca. A la práctica, el resultado es plásticamente perfecto, en la medida en que reproduce la idea principal con total adecuación.

¿Es válida esta idea? Por supuesto que sí. ¿Es lo que esperábamos? Probablemente, en muchos casos, no. Lo único que se puede cuestionar de esta dirección escénica es que modifica o contrapone el ritmo del libreto. Aquí la labor de Oksana Lyniv como directora musical, resulta imprescindible y muy valiosa para que todo transcurra según establece la partitura. Gracias a su labor, la tensión dramática se mantiene en todo el momento, sin altibajos. Del primer al último compás. Ambas direcciones, escénica y musical, han sabido encontrar un punto de encuentro entre el extrañamiento y la asimilación a tiempo real de todo el espectro alegórico propuesto por Stölzl.

Volviendo al trabajo de Moritz Reinhardt, hay que destacar cómo apoya a la dirección de los distintos intérpretes, especialmente al desdoblamiento del personaje de Senta. Es impresionante ver cómo la biblioteca se multidimensiona hasta tres y juega con la perspectiva de manera magistral. Podría haber sido un recurso fácil el uso de alguna plataforma giratoria, pero no, aquí de lo que se trata es de mostrar las distintas capas de la consciencia del personaje femenino. Su progresión, incluso transgresión. Su profundidad. Del mismo modo, está muy bien resulto cómo los objetos, especialmente el barco del personaje titular, salen del cuadro. Incluso los personajes. Cierto es que hacia el final, la acción queda algo ralentizada, pero el trabajo intelectual que se realiza aquí, suple con creces este detalle.

El vestuario de Ursula Kurdna es algo más sutil que el decorado, pero define y contextualiza el tiempo de la acción de una manera excelente. Se ha querido trasladar todo el conjunto a la época en la que Wagner compuso la pieza, algo que queda perfectamente reflejado. Por contraste, la caracterización de los piratas es mucho más expresionista. Muy eficiente también la iluminación de Olaf Freese, que ayuda a mantener en primer, segundo o tercer plano todo lo que sucede en escena. La gestión lumínica de la relevancia dramática es perfecta.

En el terreno interpretativo, hay que destacar el trabajo de Mikeldi Atxalandabaso como timonero, Attila Jun como Daland y, especialmente, de Timothy Richards como Erik. Este último con una escena final espectacular. Albert Dohmen realiza una composición estupenda del holandés. Pocas veces, un artista se somete tan adecuadamente a las decisiones del director. Era muy complicado poder asimilar esta condición de personaje imaginado manteniendo el rango vocal que el papel exige para el barítono. En ambos aspectos, muy buen resultado. En el caso de Elena Popovskaya pasa algo similar pero ampliado a la máxima potencia. La soprano debe mostrar con su interpretación un comportamiento de niña o adolescente siendo adulta. La exploración del cuerpo, la avidez lectora, la asimilación de una realidad a través de la fantasía, la patología obsesiva, el existencialismo… Algo realmente descorazonador. Sin olvidar la tesitura vocal, por su puesto. El trabajo es excelente. Y su compenetración con la “doble Senta”, de Andrea Alonso, especialmente a través del movimiento escénico del último tramo, muy sensible y cuidada.

Finalmente, aplaudimos la decisión de mantener la representación sin intermedios, como quiso Wagner. Por la capacidad de entender la subversión o transgresión de cualquier idea preestablecida en la aproximación al título como algo que amplifica y acrecienta la magnitud del material original. Por la manera en que se consigue que el público se sumerja en el subconsciente de Senta y se consigue contraponer los valores del momento en que se compuso la ópera como si se tratara del presente de la acción. A destacar también, la interpretación del Cor del Liceu, que en su última aparición destaca especialmente.

Por una figuración excepcional y un cuestionamiento intelectual de personajes, acciones y situaciones, la actual puesta en escena de L’HOLANDÈS ERRANT merece tanto el aplauso como la implicación de todos aquellos espectadores que siguen pensando en la ópera como un arte en constante transformación.

Crítica realizada por Fernando Solla

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