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24.04.2017 Críticas  
Irónicas verdades, para reírnos un buen rato

No hay nada mejor que tomarse las cosas con buen humor para poder aceptar todo tipo de tragos, los buenos y los malos, que la vida nos ofrece. Esto es lo que intenta plantear en sí la última obra de Marc Rosich, A tots els que heu vingut, que puede disfrutarse en el TNC de Barcelona.

En momentos como los que vivimos ahora, en los que aún no conseguimos acabar de salir de una crisis económica que ha devastado un país, y donde se añade la decepción que apalea los sentimientos de tantos al conocer públicamente (últimamente más que nunca) la corrupción en la que se han visto envueltos los gobernantes de ese país que se sostiene con pinzas, A tots els que heu vingut, es un golpe de aire cómico e irónico que consigue, como poco, que el público se enfrente a esas realidades pero con una dulce carcajada.

No está para nada mal que aunque estos temas se analicen, se consideren, sean tratados desde de la opinión pública y tomados con la seriedad que se merecen, pero que hayan momentos en los que nos podamos reír de las situaciones que se transcurren en el día a día con esos hechos como telón de fondo. La muerte de un cónyuge, la malversación de fondos de tu político favorito, o el maltrato al que a veces nos somete nuestro congénere son los temas que Marc Rosich ha mezclado en esta simpática historia que ha escrito para la Sala Petita del Teatre Nacional.

Rosich dice que en el momento que le ofrecieron el proyecto, tenía claro que quería aprovechar el filón de toda la polémica que recientemente se había creado en torno al fraude de los Pujol y que la historia tenía que girar en torno a la actriz Mercè Aránega, con quien ya había trabajado anteriormente en la versión de Mort de Dama de Villalonga en el 2009. Con esas dos premisas como base, Rosich ha escrito A tots els que heu vingut.

Magda Casals ha enterrado hace un mes a su marido y mientras guarda duelo, sigue enganchada a las noticias del canal 3/24 para seguir de cerca el caso Pujol, quién evidentemente es su amor platónico. Pero no solo la falta de su marido ha alterado su rutina. También ha dejado de hacer sus conocidas magdalenas con ingrediente secreto y, además, ha subido a casa a un “sintecho” que se encuentra siempre que va al supermercado de la esquina (no se le ocurrirá pisar jamás el Mercadona) y que siempre la insulta cuando le deja algo de dinero. Quiere que este hombre le enseñe a insultar, porque ha llegado el momento de cambiar cosas en su vida.

Así se inicia esta sátira moderna que también dirige el propio Rosich y con la que ha conseguido crear un universo propio, pero que no dista en absoluto de lo que podríamos encontrarnos en un gran número de pisos del Eixample barcelonés. La historia no tiene grandes giros, pero tampoco los necesita dada la normalidad y cotidianidad que se quiere respirar en toda la obra. Aunque sí consigue salirse de lo común, al romper la cuarta pared en sus discursos al público y con la parte final de la obra que es, cuanto menos curioso.

Entiendo que cuando Rosich decía que quería a Mercè Aranega por algo sería. El personaje de que ha creado para ella parece cosido a la medida de esta actriz. ¡Cómo se crece la Aranega en cada momento de la obra en que tiene parte (que por suerte, es en casi toda)! Despunta, por encima del resto, con una gracia y una credibilidad en su personaje, que por momentos te olvidas que estás en el teatro y te parece estar paseando por el Eixample. Está soberbia en su excelente interpretación. Te crees el personaje desde principio a fin y eso, es de agradecer.

Muy cerca de ella se encuentra Carles Gilabert, interpretando a Rafael Ayala (el “sintecho”) que al igual que Mercè, consigue mimetizarse con su personaje y que nos da, junto a la primera, los momentos más cómicos de la obra. Gilabert se ha hecho a la perfección con este hombre de carácter agrio, que vive en la calle, que insulta a la primera de cambio y que se pasa media función metiéndole sorbos al Calisay, pero que sabe escribir y hablar de maravilla.

Y junto a él, Mireia Pàmies, a quien no le ha tocado un personaje fácil. Jana Zabala es la nieta de Magda, una “choni” (permítaseme la expresión) de Barcelona, hija de una filóloga catalana, que junto a su abuela, se convierte en uno de los personajes adorables de la noche. Jana tiene un tono sobreactuado (aunque en su justa medida) y, sin embargo, Pàmies no baja el listón en ningún momento a pesar de lo cansado que pueda resultar para ella su representación.

Finalmente, Montse Esteve en el papel de Clara, Àurea Màrquez en el de Sandra (las dos hijas de Magda) y Lurdes Barba en el de Àgata (su hermana) son el resto de actrices que componen los satélites en este universo femenino que ha inventado Rosich y que giran alrededor del planeta Magda y su particular mundo.

Algo que conviene resaltar es que para el éxito completo de esta obra, no podemos olvidar el espacio escénico que ha creado Sebastià Brosa junto a Laura Clos donde han recreado a la perfección un piso cualquiera, como muchos de los que habrá en el Eixample. Conseguir en un escenario recrear la casa de Magda entera con su entrada, habitación, salón comedor, cocina, ventanas, etc, no es fácil. Y hacerlo cubriendo hasta el más mínimo detalle, con cortinas, mobiliario, decoración… es un trabajo de tal precisión que tanto Brosa como Clos así como los del Taller Jorba-Miró, quienes lo han construido, se merecen un excelente.

Y junto a ese escenario y como telón de fondo, la música y las proyecciones de Núria Feliu, que a modo de apropiada banda sonora, cierran este proyecto del TNC.

Contar hasta las partes más amargas de una historia no está reñido con el humor y la ironía, y Rosich lo ha demostrado perfectamente en A tots els que heu vingut.

Crítica realizada por Diana Limones

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