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16.02.2017 Críticas  
La lucha contra lo inevitable

La segunda y última obra que cierra el ciclo de dos fines de semana en homenaje a Tomaz Pandur en el Teatro Español de Madrid ofrece un broche de oro de los que se recuerdan de por vida. La adaptación de “El Testamento de María” de Colm Tóibín, nos deja imágenes grabadas en nuestra retina, y planta un referente sobre el que comparar las posteriores adaptaciones de este texto.

A punto de cumplirse un año de la muerte del dramaturgo y director de escena Tomaz Pandur, la actual dirección del teatro ha querido rendir un homenaje a aquel que tan buenos momentos ha dado al público en las sedes del Teatro Español, y a la ciudad de Madrid. Memorables son su adaptación de “Hamlet” en las Naves del Matadero en el 2009, y la magna “La Caída de los Dioses” en 2011, en el mismo lugar. Tomaz siempre amó la ciudad de Madrid y según sus palabras, encontró “una nueva fuente de inspiración y un nuevo hogar”.

Acostumbrados a la prolongada duración de la mayoría de sus creaciones, esta INMACULATA de 70 minutos que dirige Livija Pandur, estrenada en el Slovene National Theatre de Maribor, condensa toda la fuerza visual y el inconmesurable poder emotivo que destila este relato de una madre luchando por recuperar a su hijo, y alejarle de una inevitable muerte anunciada. Nataša Matjašec Rošker interpreta a esta mujer dispuesta a todo por evitar que tras la desaparición de su marido, desaparezca el otro gran pilar de su vida, su niño que se hizo hombre, abandonó el hogar, y morirá en la cruz.

La fortaleza con la que Nataša se presenta como una María negra, poderosa, dispuesta a hacerse oír por un hijo atrapado en un ola de fanatismo y empoderamiento que le ha hecho renegar hasta de sus orígenes. Una mujer ‘dressed to success’ con tacón de aguja centrada en recuperar el amor de un hijo, luchando contra la soledad y la ausencia. Los matices de la interpretación nos encaminan hacia una María blanca, que abraza la resignación, lo imposible de luchar contra la masa, y que espera algo mas de un mundo violento y carente de empatía. Esta María que prefiere finalmente pasar desapercibida y optar por salvarse a si misma, pese a todos sus anteriores esfuerzos; y es en este su mayor momento de fragilidad, cuando se convierte en el foco de todas atenciones, y sobre la que construirán un personaje mítico, con dichos y hechos alejados de la realidad. De su realidad.

Respetando la escala cromática, marca de la casa Pandur, de blancos, negros, grises y rojo, la vacía caja blanca del escenario, se va llenando y vaciando de luz, de agua, de amor, de resignación, y sobre todo, de ausencia, como la que nos dejó súbitamente Tomaz, y que tan bien podría representar esa silla vacía que María cuida y protegerá hasta con su propia vida. Memorable INMACULATA. Inolvidable Tomaz.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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