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12.01.2017 Críticas  
El paso del tiempo convertido en protagonista teatral

El Maldà retoma un espectáculo que, tanto por su exitosa trayectoria como por su calidad y capacidad para impactar en los espectadores, merece convertirse en obra de repertorio, tanto de la compañía como de la sala. Una función que, temporada tras temporada, no agota la sorpresa que supone descubrir su particular estructura narrativa, así como sus excelentes interpretaciones.

La Ruta 40 produce un delicado y preciado montaje de un texto del norteamericano Thornton Wilder cuyo principal protagonista es el paso del tiempo. La cronología se mostrará a través de una apasionante apócope. Sabemos que podemos ubicar la obra durante noventa años que transcurren entre el cambio de los siglos XIX al XX. Los hábitos domésticos, así como el motor económico e industrial y sus variaciones, se evocarán durante las distintas reuniones familiares alrededor de la mesa, Navidad tras Navidad.

La traducción de Víctor Muñoz i Calafell es exquisita. La formalidad del lenguaje se mantendrá fiel al original. Los personas del verbo y el uso que darán los protagonistas se modificarán al mismo tiempo que mudan las costumbres de una manera sutil, apenas perceptible. Servirán de metrónomo para el tono usado por los intérpretes, siempre alineado con los requerimientos del texto. La dirección de Alberto Díaz apostará por cuidar hasta el más mínimo movimiento con un detalle que traduce las acotaciones del texto en algo corpóreo.

Es muy importante la labor de Díaz. Aprovechando el diseño del espacio escénico de Xesca Salvà, ambos consiguen exprimir y explotar las características de la sala de un modo todavía más excepcional que de costumbre, hasta convertir la obra en una bellísima ronda entre la vida y la muerte. La puerta de casa de los Bayard por un lado. El pórtico que marca el tránsito hacia la muerte por otro. Entradas y salidas magníficamente simbolizadas. No menos que la llegada al mundo de los descendientes de la familia. Siempre por detrás de las dos filas que conforman la grada central, incluyendo aún más si cabe al público. Ocupando prácticamente todo el espacio, la gran mesa del salón. La distribución de los intérpretes en las distintas sillas y sus movimientos es milimétrica y precisa para que la comprensión de qué y a quién le está sucediendo cada circunstancia y en qué tesitura se perciba sin desviar la atención ni la escucha de lo que sucede ante nosotros.

El impacto emotivo es abrazado y subrayado por la iluminación de Sergi Torrecilla. Sobre la mesa vacía, tanto al inicio como al final y el énfasis utilizado en cada momento. Desde la larga preparación del principio hasta el oscuro con que se clausura la función, así como las salidas definitivas de cada personaje, se definen con una sensibilidad que no parece conocer límites. En esta misma dirección funciona el espacio sonoro de Joan Solé y La Ruta 40. Técnicamente, ambos consiguen exponenciar la épica intrínseca al ser humano que promueve la pieza hasta niveles insuperables.

Hay también un trabajo inmejorable de la reiteración y la redundancia. Aquí la labor de los intérpretes y su dirección tienen mucho que ver. La mudanza de un personaje a otro se apoya en los cambios de vestuario (de nuevo, excelente Xesca Salvà) pero la verdadera transición entre épocas y edades la deberán mostrar los actores sin modificaciones evidentes de caracterización. No habrá maquillaje para evidenciar la longevidad, así que la expresión corporal, el trabajo facial, y el tono o timbre de la voz serán siempre suficientes. Como compañía, los siete funcionen a las mil maravillas. Individualmente, cada aportación suma y aporta humanidad y ternura y se convierte en heredera y perpetradora de las virtudes del montaje.

El mismo Díaz, Bruna Cusí, Ignasi Guasch, Aina Huguet, Jose Pérez-Ocaña, Magda Puig… Todos están magníficos y adecuados en cada gesto, cada entonación, cada silencio. La modificación del carácter y los ademanes de los personajes es progresiva y paulatinamente perfecta en todos ellos. Quizá Maria Rodriguez Soto consigue desarmarnos aún más si cabe con su mirada prominente y su expresividad abrumadora. Espectacular trabajo el de todos ellos.

Finalmente, el éxito es rotundo en situar al paso del tiempo como verdadero protagonista. A través de un caso concreto y ficticio la sensación de universalidad y reconocimiento de nuestro contexto íntimo y familiar más inmediato suceden con espontaneidad y sin artificio. La Ruta 40 consigue situar el texto de Wilder en el escalafón de los clásicos contemporáneos gracias a un montaje que ya se ha convertido en modélico y referencial de nuestra cartelera. Algo mágico sucede función tras función de EL LLARG DINAR DE NADAL en El Maldà.

Crítica realizada por Fernando Solla

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