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05.01.2017 Críticas  
Una navidad con EL PETIT PRÍNCEP

El asteroide B612, como Narnia, La Comarca o el desván de Bastián Baltasar Bux, es uno de esos lugares que lectores de todo el mundo, de las más variadas edades, tienen perfectamente bien dibujados en su mente.

Cada uno, por supuesto, con sus detalles particulares. Tratar de darles una forma concreta como ilustración, película o montaje teatral siempre va a tener tantas coincidencias como diferencias respecto a la imagen que cada lector lleva consigo, y a la que acompaña una buena carga de emociones.

El éxito de la empresa, por tanto, depende de una mezcla de fidelidad a los detalles, fidelidad al espíritu de la obra en su “traducción” a un medio distinto, y el talento de los artistas y los encargados de concretar esa narrativa en imágenes concretas. Àngel Llàcer, Manu Guix y La Perla 29 emprendieron hace ya tres años ese reto con su versión musical de EL PETIT PRÍNCEP, que pese a partir de la misma obra de Antoine de Saint-Exupéry iba a tener tantas afinidades como diferencias con otros intentos que en el mundo han sido antes, desde el sencillo pero gran arranque de Ricard Reguant con la compañía Va de Bolit en 1981 hasta el fracasado musical de Broadway del mismo año, con Michael York y Anthony Rapp, o la ópera que estrenó en 2003 el teatro lírico de Houston.

¿Cómo es, por tanto, la versión de Llàcer y Guix de este clásico universal? Esta es su tercera temporada, así que de entrada quede claro que es exitosa. Pero, digámoslo también sin más vueltas: en términos cualitativos resulta apasionante. El respeto al texto de Saint-Exupéry es constante, y pese a la creatividad que la dramaturgia y las canciones exigen (y donde respectivamente Llácer y Guix tienen espacio para desarrollar sus propias ideas, en ambos casos junto a Marc Artigau), todas las nuevas buenas ideas se desarrollan precisamente a partir de la novela original.

Por lo general, las canciones de Guix y Artigau tienen más desarrollo musical, con algunas líneas ascendentes que culminan en crescendos épicos y emotivos, que de unas letras que tienden más a la repetición de conceptos clave en cada tema. Lo cual no va necesariamente en detrimento de estas: EL PETIT PRÍNCEP no deja de ser un espectáculo familiar, y aunque el libro se puede prestar a elucubraciones filosóficas de mucho calado y profundidad, conviene centrarse en ideas concretas. Algunos números destacan por una complejidad técnica espectacular, como el tema de la Rosa (espléndida Diana Roig que sucede a Elena Gadel en el papel) o el trabalenguas de Xavi Duch en el planeta del Contable, una patter song apoteósica que no tiene nada que envidiar al “Major General” de Gilbert & Sullivan o a aquella mítica “Tchaikovsky (and other russians)” que cantara Danny Kaye en el musical Lady in the Dark.

En el aspecto interpretativo, todos se encargan de sus papeles espléndidamente: el Saint-Exupery de Llàcer lleva la batuta y nos lleva por el viaje emocional de la obra, primero desde lo personal (sus famosos dibujos de boas abiertas y cerradas), luego con su encuentro con el Principito (Júlia Bonjoch, muy correcta en las diferentes etapas del personaje), y finalmente con el emocionante recuerdo, a modo de conclusión, de su despedida, y lo que aprendió de aquella experiencia. Porque “Le petit prince” es un libro que, ante todo, transforma a los que lo leen. Cisco Cruz (el nuevo zorro tras la lesión de Marc Pociello) encarna al tercer personaje mejor desarrollado de la función, por encima incluso de la Rosa o la Serpiente, y en su escena acerca de la “domesticación de amigos” con Bonjoch consigue humanizar tanto al animal como al protagonista de la función.

Hay, sin embargo, un protagonista más que interactua con todos los demás para conseguir elevar la función al nivel de experiencia inmersiva absoluta: el impecable mapping de Desilence Studio (Tatiana Halbach y Søren Christensen) que se proyecta sobre las superficies que se deslizan por el escenario y que son capaces tanto de dar vida a los diseños originales de Saint-Exupéry como de trasladarnos por la galaxia o por nuestro planeta durante el largo periplo del Principito. La música, la interpretación, el vestuario, la dramaturgia y el texto original: todo queda trabado por esa escenografía virtual que consigue salvar el risco del cambio de escenarios y trasladarnos a cualquier rincón a la velocidad de una bandada de pájaros cósmicos.

La combinación es, resumiendo, extraordinaria. Transmite emociones intensas, rindiéndose humildemente a las que propone el texto sin buscar alternativas edulcoradas, y lo hace en base a una fe absoluta en el material original (lo esencial), en una inspiración que bebe ávidamente de ella para los nuevos elementos y en unos intérpretes que confían a ciegas en lo que están haciendo y lo dan todo, cantando o actuando. EL PETIT PRÍNCEP es la obra imprescindible para cualquier familia que pueda ir a verla, y lo seguirá siendo, sospechamos, en cualquier momento que este magnífico montaje vuelva a programarse.

Bravo por la tercera temporada, enhorabuena por el disco de oro del espectáculo (la nueva edición incluye dos pistas instrumentales y un nuevo tema interpretado por el grupo Macedònia), y que dure.

Crítica realizada por Marcos Muñoz

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