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13.10.2016 Críticas  
El amor escrito y recitado

CARTAS DE AMOR es una obra atípica. Una serie de misivas de amor entre dos amigos y amantes. David Serrano firma la dirección de esta obra que ha sido interpretada por grandes estrellas teatrales a lo largo y ancho del mundo. En esta ocasión, una dama de la escena, Julia Gutiérrez Caba, acompañada de Miguel Rellán se encargan de dar vida a esta historia.

Esta es una obra peculiar, difícilmente se pueda calificar de obra teatral, más bien es una lectura dramatizada de unas misivas que relatan una vida de amistad y amor. La puesta en escena es sencilla, dos sillones, unas bombillas que irán apagándose con el paso de los años, y las cartas que acabaran desparramadas por el escenario.

Aquí la emoción es ver como estos dos actores, con el uso de la palabra, de la emoción contenida consiguen relatarnos todo un mosaico de emociones. El intercambio de cartas va desde que nuestros personajes tienen ocho años hasta el ocaso de sus existencias. Así que el tono y los temas varían inevitablemente. Pasamos de las conversaciones más cándidas a las más apasionadas. De los malentendidos a los celos. Del éxito al fracaso.

La historia es la de dos jóvenes de familias estadounidenses acomodadas, ella es una niña mimada, deslenguada, que coquetea con el alcohol y se despreocupa de la vida. Él parece tener la cabeza más amueblada, y se curtirá una carrera de éxito. La vida les deparará encuentros y desencuentros. Nunca llegarán a ser pareja, pero el amor que se profesan quedará fijado en esas cartas que se escriben a lo largo de sus vidas.

El texto no está memorizado por los actores, lo leen directamente de los cientos de cartas enviadas, con sus réplicas, sus cartas no contestadas. Vemos todos los rangos de las emociones, y todas las etapas vitales en el tono usado en la lectura de cada una de esas cartas.

Ver a Julia Gutiérrez Caba es todo un lujazo, y Miguel Rellán no se queda atrás. Cierto es que la obra no tiene sorpresa. El primer minuto es calcado al último. Eso quizás le pese al relato. El espectador tiene que hacer un esfuerzo de concentración adicional y es cierto que en algunos momentos la lectura puede ser pesada. Pero el talante de los dos actores suple ese hecho.

La sensación que recorre la platea es de ternura. De ser testigos de unas vidas en noventa minutos. Cierta envidia sana de no tener una caja llena de cartas que resuman nuestro breve paso por este mundo.

Crítica realizada por Moises C. Alabau

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