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10.10.2016 Críticas  
Armonización de lo clásico con lo contemporáneo

El Teatre Lliure ha sido el hogar por unos días de la compañía Teatro Stabile di Napoli. La sala de Montjuïc se ha convertido en el escenario ideal para acoger la ORESTEA completa de Esquilo. La propuesta de Luca de Fusco la presenta íntegra en dos funciones que se representan seguidas, aunque pueden disfrutarse independientemente.

Con una expresiva y significativa traducción al italiano de Monica Centanni, la idea del dramaturgo consiste en mantener la estructura principal del teatro griego de unir voz, música y movimiento a partir de una puesta en escena eminentemente contemporánea. Esta cualidad se desarrollará progresivamente durante las tres partes que componen el espectáculo. De Fusco realiza una labor heroica al conseguir adecuar y guiar a todos los implicados a nivel artístico (y técnico) a través de su propuesta. Todos brillarán tanto a nivel individual como colectivo. Desde un primer momento nos seduce la sonorización de Hubert Westkemper, cuya amplificación perfecta y variable en función de la situación nos permite captar en todo momento la resonancia épica y su magnitud en la trama. La integración de música y diálogos es excepcional.

La escenografía de Maurizio Balò es igualmente maravillosa y parece haber estado diseñada para la sala Fabià Puigserver. El escenario inclinado hacia el público está dimensionado de tal forma en que las líneas visuales trazadas en nuestra imaginación convergen en todo momento con la frontalidad del punto de vista ante su disposición. La inclusión de elementos y materiales más clásicos como la arena (negra) con los audiovisuales en un mismo espacio, así como las trampillas dispuestas por el espacio escénico hacen que las entradas y salidas amplifiquen la disposición figurinista de los personajes. De este modo, destacará tanto su humanidad como su heroicidad e, incluso, divinidad.

El video de Alessandro Pappa y la iluminación de Gigi Saccomandi están integrados totalmente dentro del espacio escénico. El artefacto propuesto por Balò es perfectamente cómplice de la dramaturgia y nos acompaña de la atemporalidad más o menos consensuada de la primera parte a la progresión contemporánea de la tercera. Que la puerta de palacio se acabe transformando en la pantalla donde se votará la culpabilidad de Orestes es un hallazgo dramatúrgico impresionante.

No es la primera vez que de Fusco colabora con la coreógrafa Noa Wetheim. Manteniendo su intención de unificar la palabra, el canto y la danza en su espectáculo, es a esta última disciplina a la que somete a una aproximación más contemporánea. Las bailarinas de la compañía Körper (Chiara Barassi, Sibilla Celesia, Elena Cocci, Sara Lupoli y Marianna Moccia) se integran perfectamente con el resto del elenco, confundiéndose entre los personajes principales. El uso que las cinco hacen del vestuario de Zaira de Vincentiis para amplificar y completar el vuelo y vigor de sus movimientos es estéticamente inmejorable.

En el terreno interpretativo el nivel de la compañía es excelente. Sorprende contemplar (y escuchar) a un colectivo de dieciséis actores pertenecientes a distintas generaciones artísticas tan bien compenetrado. Siempre basándose en una elocución y dicción perfectas y situando a la palabra en primer término, la fisicidad que transmiten todos ellos es indisociable a la caracterización de sus personajes. Tanto en “Agamennone” como en “Coefore” y “Eumenidi” sorprende la veteranía del elenco femenino por encima del masculino en la mayoría de las ocasiones, especialmente en la tercera y última entrega. El arrojo y entrega de Angela Pagano no deja atónitos en este desenlace de la trilogía. Sin desmerecer al resto del reparto, la conmoción llega de la mano de la sensibilísima a la vez que arrolladora interpretación de Orestes ofrecida por Giacinto Palmarini. Sobre él recaen todas las acciones y reverberaciones del resto de personajes y la excelencia de su interpretación es sólo equiparable al nivel de dificultad de su rol en la trilogía. Finalmente, Anna Teresa Rossini compone a una Clitemnestra descomunal. Vemos y entendemos todos los estados anímicos y físicos por los que pasa su personaje. La actriz ofrece una variación de lo que podría ser Lady Macbeth en la época de Esquilo. Gaia Aprea no se queda corta y deslumbra tanto por su interpretación del texto en “Agamennone” como por su capacidad lírica en “Eumenidi”.

Por todo lo aquí desarrollado y mucho más, imposible de dilucidar en un solo texto, celebramos la visita de esta ORESTEA a nuestros escenarios. Por su complejidad técnica y su propuesta escénica. Por la excelencia de su ejecución, una dirección milimétrica y unas interpretaciones difícilmente olvidables, el trabajo de Luca de Fusco y compañía será de los que perdurarán en nuestra memoria como espectadores.

Crítica realizada por Fernando Solla

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